Sinesio Delgado

sinesio

Caricatura de Sinesio Delgado. (Imatge: Colección Lázaro)

  • Nom: Isidro Sinesio Delgado García (Támara, Palencia, 1859 – Madrid, 1928)
  • Àmbit: Descripció | Festivitat | La Llum
  • Període: Any 1897
  • Text: España al terminar el siglo XIX. Apuntes de viaje por Sinieso Delgado. Dibujos de Ramón Gilla. Hijos de M.C. Hernández, impresores. Madrid, 1897. pp 134-135-136 | Text aportat per Josep Galobart i Soler.

Un text molt interessant a continuació: la Manresa de finals del XIX explicada pel viatger espanyol Sineso Delgado a la seva obra España al terminar el siglo XIX. Apuntes de viaje, on narra amb detalls prou rellevants com era la festivitat de la Llum a la ciutat de Manresa, així com els carrers i comerços d’aquell època. També podem comprovar l’incomprensió de l’autor al veure que molts manresans de finals del XIX, els costava entendre el castellà.

El contraste entre el silencioso, el sublime recogimiento de Montserrat y la animación bulliciosa con que nos encontramos á las siete de la tarde á nuestra llegada á Manresa no pudo ser más fuerte. Éntrase en la populosa y riquísima ciudad catalana por un estrecho puente sobre el río, y en seguida hay que subir empinadísimas cuestas por calles embaldosadas hasta la cumbre del ribazo en que se asienta.

Al llegar á una plazoleta notamos el sordo rumor de la multitud, estampido de cohetes, son de músicas…

            – ¿Qué es eso?—pregunté al mozo que portaba la cajeta.

            – La procesió de la llum.

            – ¿De la llum? ¿Y por qué se hace hoy esa procesión?

Se atarugó el hombre al ver que yo insistía en hablar en castellano, masculló unas cuantas palabras ininteligibles y calló como un muerto. Pero en cuanto dejamos los equipajes en la posada del Centro, situada en el paseo del Borne, corrimos espoleados por la curiosidad hacia donde el confuso rumor seguía percibiéndose. Y vimos desfilar en la plaza, frente al consistorio, adornado con colgaduras de terciopelo ó iluminado con profusión de mecheros de gas encerrados en grandes bombas, una lucidísima procesión con el cortejo siguiente: Dos heraldos á caballo con ricos y flamantes trajes; guardias municipales con uniforme de toda gala, botas altas, pantalón color blanco, levita con cordones y casco, con plumero; guardas de acequias con chaquetones y gorras de vivos encarnados, serenos, bomberos; hasta media docena de cabezudos que bailaban que se las pelaban; dos gigantones con trajes de telas brillantes y costosas recamados de oro y pedrería gorda; banderas y pendones; el alcalde y los concejales de rigurosa etiqueta; infinidad de personas respetables con bandas, cruces y hachas de viento en las manos, y por último el clero y una escultura representando la Santísima Trinidad. Cerraba la marcha un piquete de infantería con charanga. Aquella era la procesió de la llum, que desfilaba lentamente entre apiñada muchedumbre, bajo los balcones en que se agrupaban algunos centenares de muchachas bonitas.

¿Y qué significaba aquello?

[…]

Cuando se deshicieron en un laberinto (para nosotros al menos) de callejas oscuras los últimos restos de la procesión eran próximamente las diez de la noche, y nos encontramos desorientados y perdidos en una población grande, absolutamente desconocida, y por la fatal manía de no preguntar nada á nadie, estuvimos á punto de tener un grave disgusto.

No sé el tiempo que empleamos en caminar á tientas por calles abandonadas y silenciosas, de prisa unas veces, creyendo haber encontrado el hilo que había de conducirnos al paseo del Borne, despacio y desalentados otras, desalentados y sin esperanza de dar con el alojamiento. A la puerta de una casa jugaban unos cuantos chiquillos.

            – Dí, pequeño – me atreví á preguntar al mayor, – ¿hacia dónde cae la plaza Mayor, el ayuntamiento, vamos?

Desde la plaza ya estaba yo seguro de saber el camino. El muchacho nos miró en silencio, haciendo grandes esfuerzos para contener la risa, y en vista de que yo repetía la pregunta por si no me había entendido bien, se dirigió á sus compañeros, les dijo no sé qué y todos rompieron á reir como locos. Pero de la contestación pedida… ni jota. Por suerte, un transeúnte que acertó á pasar por allí se paró en la acera de enfrente, atraído sin duda por la escena cómica, y viendo que no podíamos salir del atolladero, se acercó á nosotros y tuvo la amabilidad de guiarnos á la posada cuando ya casi no podíamos tenernos de pie. Nuestro salvador resultó ser un viajante murciano que nos acompañó durante la cena, nos presentó en el casino y hasta nos invitó á presenciar con él una sesión de la Lliga de Catalunya que se celebraba aquella noche. Declinamos el honor de escuchar los discursos de la Lliga, que habían de pronunciarse en catalán, por añadidura, dimos las gracias á nuestro acompañante y nos retiramos á reposar tranquilamente.

[…]

Manresa es una ciudad grandísima, con calles tortuosas, de respetable antigüedad, en rápidas y ásperas pendientes, paseos de primer orden, callejones intrincados y ramblas muy extensas… Es tal vez la ciudad más rica de la provincia de Barcelona, donde hay tantas y tan florecientes, porque además de contar, con infinidad de fábricas dedicadas á diferentes industrias, que producen grandes cantidades de mercancías, es el núcleo del comercio menudo de toda la comarca y, gracias á la acequia de la cuestión, su suelo fértil, bien aprovechado, da rendimientos cuantiosos en cereales y vinos. Además, sus montes son abundantes en arbolado.

De modo que lo reúne todo, y si á esto se añade que sus habitantes son catalanes de pura raza, dicho se está que saben sacar partido de tan excelentes condiciones.

 

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